Fundación Espacios Verdes
Villa de Merlo – San Luis
Informe Periodístico-Documental
por Lic. Alberto P.
Trossero
Reserva Salto del Tabaquillo
Las Maravillas del
Paisaje
en un Paraíso Genético
Allá en las alturas
serranas, donde el aire diáfano se carga
de aromas silvestres y la vista se
extiende a lo lejos, sobre valles y
faldeos, palpita una maravilla natural.
Allá en las cimas, al refugio de
afelpadas laderas y quebradas rumorosas,
abigarradas de bosquecillos y arroyos
cristalinos, emerge la Reserva Salto del
Tabaquillo, y lo hace con la ancestral
energía de la naturaleza en plenitud y
virginal.
Como reza aquel verso del notable poeta
merlino, Antonio Esteban Agüero, “allá
donde las cabras remontan el silencio”
un prodigioso tesoro natural abriga todo
el encanto de un paisaje excepcional y
la riqueza de un entorno en donde la
diversidad genética embriaga de magia
todos los sentidos.
El ingreso a un paraíso
El primer impacto es sonoro. El fragor
de los motores se esfuma inexorablemente
y el yermo manto del asfalto da lugar a
un singular camino de piedras, con el
que se inicia el ascenso a los cerros.
El silencio de montaña sólo es quebrado
por la alternancia de trinos de muy
diversas aves, anticipando el ingreso a
un mundo en donde la vida natural fluye
con especial encanto.
Bajo una añosa y alta arboleda, justo al pie de un
pequeño arroyuelo, se levanta el pórtico
de acceso a la Reserva Salto del
Tabaquillo. En ese entorno calmo y
pleno, un original dispositivo de
información educativa se levanta como
una simple y esencial advertencia al
visitante. Al abrir una pequeña caja de
madera, en busca de mayores precisiones
para saber a cargo de quién habrá de
estar el cuidado de la maravilla que se
está por visitar, uno se encuentra
consigo mismo: un espejo devuelve la
imagen de todo aquel que se deja llevar
por los textos que invitan a la apertura
de tan original cajita de madera. Y, en
verdad, es una buena síntesis anticipada
de aquello que vendrá. Al desandar los
senderos y explorar lo que aguarda en
las alturas, en medio de tanta belleza,
tanto encanto, y tanta naturaleza en
estado puro, uno se encuentra consigo
mismo, igual que cuando ve su propia
imagen reflejada en el espejo de la
cajita.
En el mismo inicio del trayecto que, en principio,
hilvana las estaciones de un pintoresco
y valorado Vía Crucis, el mismo que
luego lleva a la paradigmática Cruz del
Mogote Bayo, se puede advertir, a una de
las márgenes, el emplazamiento de una
casona de antiguos pobladores de la
zona. Corrales y pircas con animales de
granja enmarcan el último paraje
habitado por el hombre. Mas arriba, al
influjo de silentes y armónicos vuelos
de cóndores, espera el recogimiento del
silencio y el avistamiento de lugares y
rincones de belleza extraordinaria, en
el más literal sentido del términos.
Los senderos del tiempo
A paso lento, la primera fase se
proyecta sobre un sendero serpenteante,
siempre contorneado por piedras y un
vasto número de hierbas serranas que,
conforme a como se gana en altura, van
cambiando su aspecto. Las diferencias
habituales de temperatura, vientos y
humedad en el suelo, son algunas de las
causas por las que el reconocimiento de
especies vegetales, por ejemplo, cambia
sustancialmente con el andar, como si se
tratase de estratos de vida que se van
encadenando con peculiar armonía en el
ascenso a las cumbres.
Como bien lo consignan algunos testimonios históricos,
y tal como se encargan de revivirlo con
sus relatos de marcha los guías
vaqueanos, el sendero por el que se
fueron emplazando las estaciones del Vía
Crucis esconde bajo sus piedras secretos
milenarios. Las profundas huellas
dejadas por la erosión del agua, en su
frenético escurrir por las laderas,
constituyen una prueba irrefutable de la
antigüedad de estas huellas por las que
los peregrinos y visitantes van en busca
de las cimas. Los antiguos moradores de
estas tierras, desde tiempos remotos,
también se encaminaban en busca de las
alturas. Hoy, el andar de los visitantes
lo anima el encanto de una cruz que
refulge en la distancia y la magia de
bosques escondidos entre repliegues
serranos.
Además de las implicancias religiosas que cada una
supone, las estaciones del Vía Crucis se
muestran con una pausa propicia en el
ascenso, y también como una formidable
oportunidad para la observación
panorámica. En cada una de ellas el
paisaje muestra facetas distintas,
colores y formas que van mutando con el
mismo encanto con el que se suceden los
aromas que desprenden las hierbas que
uno van moviendo con el andar. En todos
los casos, y paulatinamente, el Valle
del Conlara se recorta como un escenario
verde y azul, cuadriculado por montes y
sembradíos, como si se lo estuviese
mirando desde un avión que gana vuelo.
Pureza en las alturas
El Vía Crucis ha quedado atrás, y el
ascenso continúa en busca de la Cruz.
Los árboles de mayor porte –molles,
cocos y talas- ya no enmarcan las
márgenes del sendero. Sólo dominan la
escenas espinillos enclavados en
pronunciadas pendientes o enormes
roquedales. Hirsutas matas de pajas que
se sacuden al viento como si fuesen
pelos rizados de la montaña, doradas y
amarillas, se mecen coloreadas por un
sol que atempera la caminata.
La piedra desnuda, en
algunos tramos encajonados del sendero,
muestra su riqueza geológica. La Villa
de Merlo se llega a ver, en su
totalidad, como una trama reticulada a
la orilla de un valle cubierto por un
tenue manto azulado. De pronto, al
volver la vista hacia arriba, un intenso
destello alumbra el asombro. La Cruz, en
la cima del Mogote Bayo, se muestra
cercana. Al cabo de unos pocos minutos
ya se está junto a ella. La marcha se
detiene, el viento baña la cima del
cerro con un silbo sutil. La vista se
abre en panorámica hacia los cuatro
puntos cardinales: al oeste el valle en
todo su extensión, al éste el majestuoso
filo de las sierras. Al pie de la Cruz,
y después del ascenso todo parece
invitar a una inspiración profunda. Un
aire fresco y puro llena los pulmones.
La vista se plenifica de colores. En
silencio, se contempla el vuelo de los
cóndores y el distante derrame de
cascadas en las imponentes laderas de
las cerros sobre los que se recorta la
imagen de la cruz.
A una hora de iniciada la marcha se impone el sosiego.
Para algunos, luego de un tiempo de
maravillosa observación, llega el tiempo
del regreso, por el mismo camino. Para
otros, en cambio, el periplo continua,
con destino al bosque de tabaquillos más
importante de toda la región. Un lugar
extraordinario, enclavado entre
empinadas laderas y surgientes de
arroyos, signado solo por el fluir vital
de la naturaleza.
Los bosques y su riqueza biológica
La marcha, con rumbo a los tabaquillos
(una maravillosa especie en peligro de
extinción), se retoma por un sendero,
con rumbo norte, sobre la cima del
Mogote Bayo. Al cabo de unos minutos la
huella baja y, lentamente, se comienza a
descender por la ladera de una
gigantesca quebrada, al fin de la cual
se ve, y se comienza a oír, el
serpenteante escurrimiento de un arroyo.
Pocos minutos después se abre una vista maravillosa:
La parte inferior de una ladera en caída
prácticamente vertical, se ve tapizada
por arboles de folla verde que reflejan
el brillo del sol. Más abajo, aun, el
bosque se tupe con mayor intensidad.
Pero lo que se advierte desde lejos y el
encanto que despierta semejante
estallido de árboles en medio de un
paisaje exuberante en rocas y altas
cumbres, se agiganta cuando uno se
acerca, y tiene la posibilidad de
caminar a la vera del arroyo, por debajo
de la copa de los tabaquillos. Sus
troncos, con reflejos ocres y rojos que
se descaman como las hojas de viejos
pergaminos, están llenos de rugosa
magia. Es difícil poder describir con
palabras un paisaje natural que
compromete los sentidos y emociona con
tanta intensidad. Andar por un lugar
donde la naturaleza entreteje con tan
sutil hermosura su urdimbre de vida,
constituye una experiencia inolvidable.
Las referencias científicas, con sobradas
justificaciones conceptuales y
analíticas, seguramente están en
condiciones de testimoniar la riqueza
genética y la enorme importancia que
este bosque de tabaquillos y orco molles
tiene en cuanto a su implicancia
genética, y la consecuente biodiversidad
que allí se sustenta. Esto es lo que,
desde otra perspectiva, conmueve y
maravilla cuando uno, con profundo
asombro, camina al amparo de un bosque
en donde el paso del tiempo sustenta un
delicado y extraordinario equilibrio
natural.
Una quebrada mágica y virginal
Al influjo de un ambiente impoluto y
virginal, la caminata entre laderas
inferiores recubiertas por tabaquillos
que empecinadamente se aferran a un
lecho de piedras, deviene en el acceso a
un espacio abierto en el que de pronto
emerge un fenomenal monte de helechos,
de hojas largas, erguidas y espigadas.
De los árboles penden delgadas barbas de
ángel. El arroyo rumorea su frío canto,
y todo de repente se vuelve mágico. Las
nociones de tiempo y espacio se
trastocan: dónde se está, en qué lugar y
en qué momento. No importan las
respuestas, todo es muy bello.
El camino de regreso se ha iniciado. Pero es muy
difícil olvidar lo percibido, lo
vivenciado.
El reconocido Salto del Tabaquillo se muestra como el
próximo destino. Al él se llega
prontamente, y se lo puede observar
desde arriba,. La imagen es imponente,
tanto como la caminata por la ladera que
se desciende, para proseguir por el
arroyo rumbo al punto de partida.
Una hora más de marcha y
se está de regreso, en el mismo lugar en
el que una cajita de madera nos devuelve
la imagen en un espejo, pero luego de
reencontrarnos con el esplendor de la
vida un lugar maravillo de la
naturaleza.